Agenda afirmativa No. 8
Octubre-agosto de 1999

COLABORACIONES

La mujer y la política

 Por Dip. Lic. Clarisa C. Torres Méndez

El vínculo entre la humanidad y el surgimiento de conflictos es por completo indisoluble. No ha existido ni existe sociedad alguna que haya sido o sea ajena a los conflictos como motores imprescindibles de la evolución y el cambio de las colectividades humanas. En las comunidades más primitivas existía, con bastante mayor fuerza que en las avanzadas, una tendencia natural de la cual nunca nos hemos podido deshacer ni se ven visos de  que estemos en ese camino, y que consiste en la inclinación a recurrir a la fuerza como instrumento para resolver o dirimir los conflictos. El talentoso politólogo francés Maurice Duverger, en varias de sus obras hace hincapié en una faceta que considera esencial de la política: ésta se entiende como un instrumento fundamental para evadir y superar el recurso a la fuerza como método de solución de las controversias o conflictos. 

Dado que los conflictos son inherentes a las colectividades humanas y a que en ellas está siempre latente la inclinación a recurrir a la fuerza, con el nacimiento de las comunidades se ha inclinado también esa faceta sustancial de la política, que busca superar y sustituir al uso de la fuerza. En ese estricto sentido las guerras no son la continuidad de la política, sino el fracaso mismo de los políticos. Mientras hagamos más política habrá menos violencia. Sobre este tema, quiero compartir con las lectoras y lectores una cita que en lo personal me llamó la atención y que expone la filósofa Sylviane Agacinski en su libro Política de Sexos: «Me gusta pensar que si el hombre ha inventado la guerra, la mujer ha inventado la política, el día –mítico, lo acepto- en que ella persuadió al hombre para que la sedujera en lugar de forzarla».

Es una realidad que la participación de la mujer en la política contribuye de manera sustancial a ganarle espacio al uso de la fuerza y la violencia, a favor de la conciliación y la armonía. El penetrante psicólogo Erich Fromm, entre otros, subraya el hecho de que el amor de la mujer, el amor de la madre por sus hijos tiende naturalmente a ser incondicional, sin restricciones, sin reparar en virtudes o defectos, sin considerar bondades o maldades. En cambio, sostiene Fromm que es frecuente encontrar entre el amor de los padres varones por sus hijos una mayor inclinación hasta cierto condicionamiento del amor en función de los méritos o deficiencias, de las identificaciones personales o de los antagonismos que se lleguen a tener con cada unos de los hijos.

Por ello se apunta que cuando la mujer tiene mayor participación en la política ésta tiende a humanizarse, a poner el apoyo y la comprensión por encima del condicionamiento y la sanción, a incrementar la sensibilidad y a disminuir la violencia. Por ello, como apunta Fromm apoyándose en los estudios antropológicos de Bachofen, las sociedades caracterizadas por el régimen de matriarcado tuvieron como ventajas importantes una mayor inclinación por la justicia, por el trabajo equitativo, por el apoyo a los más desvalidos y por la compresión anteponiéndose a la sanción. Si reconocemos y aceptamos lo expuesto, nos queda como conclusión lógica e inmediata que resulta en verdad de suma trascendencia el incrementar la participación de la mujer en el quehacer político. Si hombres y mujeres queremos contribuir al ennoblecimiento de la actividad política, estaremos en lograr que la mujer tenga una más activa y relevante participación en este crucial campo de la vida humana.

Si las mujeres de Baja California, me refiero a todas y cada una de las mujeres de nuestra tierra, quieren que disfrutemos de una sociedad más justa, más equitativa y comprensiva, estamos entonces comprometidas a poner cada una nuestro valioso aporte personal en la edificación de una mejor sociedad bajacaliforniana. Estaremos comprometidas a hacer más u mejor política, a ennoblecer esa fundamental actividad poniendo invariablemente lo mejor de nosotras mismas.