Agenda afirmativa Año 2 No. especial 9-10 Enero-febrero 2001

Contribuciones para el uso no sexista del lenguaje*

América Soto López** 

Quisiera confiarles lo que bien puedo llamar “autobiografía a través de un lenguaje sexista”, para ejemplificar cómo somos tratadas las mujeres en los documentos oficiales más importantes en nuestra vida.

Mi acta de nacimiento dice que presentaron a los niños vivos, en referencia a mi hermano gemelo y a mí, ante Luz María Martínez, quien es mencionada como el presidente municipal. Asimismo, en la constancia de mi bautizo soy tratada como hijo nacido.

En las boletas de calificaciones y otros certificados escolares aparezco como alumno y, por si fuera poco, en el acta de mi examen profesional –en el que obtuve mención honorífica con la tesis “Lo femenino y lo masculino como categorías filosóficas en el Segundo sexo de Simone de Beauvoir”- mi nombre no aparece solo, sino antecedido n tres ocasiones por el adjetivo señorita.

Después de este trance, la universidad me otorgó el título de licenciado en filosofía y toda mi correspondencia me ha sido enviada como `profesor, catedrático, trabajador… personajes que, sinceramente, desconozco.

Pero, por si fuera poco, mi licencia de manejo me acredita como el chofer –tuve que firmarla donde dice el conductor- y en la escritura de mi casa soy el cliente y el propietario.

En el pasaporte, el secretario de Relaciones Exteriores solicita a las autoridades facilidades al titular del mismo.

En fin, para no cansarles, mi credencial del Honorable Congreso de la Unión dice “el portador de la presente está investido del fuero que le otorga la Constitución Política”, y mi identificación personal señala que soy diputado federal.

El tiempo pasa y a una generación procede otra: el acta de nacimiento de mi hija dice que presenté a un hijo vivo y ni nombre aparece en el apartado padres. Llevé para testificar a una amiga magistrada y ésta –no había otra opción- tuvo que firmar en el apartado testigos. En el documento aparece también la firma de la Licenciada Ma. Isabel Cajica, en donde dice juez.

Quiero pensar que quizá no todo está perdido. Para el caso, he redactado ya mi testamento, donde establezco como último deseo que en el acta de mi defunción por favor no vayan a poner finado, como se hace en estos documentos, a pesar de que las difuntas sean mujeres.

Pregunto si aceptarán estos documentos –las comisiones nacionales e internacionales d derechos humanos- como pruebas de trato discriminatoria, de violencia psicológica y social ¿Acaso este trato no tiene repercusiones en la salud mental?

En México la Comisión de Equidad y Género de la Cámara de Diputados propuso el cambio de nombre de ésta por el de “Cámara de Diputados y Diputadas”, aunque en días pasados la Comisión de Régimen Interno y Concentración Política de este órgano legislativo desechó la iniciativa al considerarla radical e innecesaria.

Al respecto debe plantearse que el desafío de reconocer formas de discriminación hacia las mujeres, requiere de entender cómo incide la lógica de género en las estructuras políticas e institucionales que posibilitan y rigen nuestras prácticas, discursos y representaciones sociales.

Esto requiere una labor sistemática de crítica cultural y deconstrucción lingüística, para lo que cual la de género resulta ser una categoría indispensable.

El lenguaje como sistema de significados tiene una función central en la comunicación, interpretación y representación de la realidad. Por medio de éste –como de Jacques Lacan- se construye la identidad.

Pensamos con las palabras que conocemos y nos apropiamos del mundo a través de signos y significados: hombres y mujeres interiorizamos la realidad a través de valores, costumbres, ideologías en cuyos orígenes se encuentra el lenguaje.

Aprendimos a discriminar a través de éste, por medio de las palabras, como discriminamos en la práctica de un género. En este sentido, reconstruir la revaloración de la condición de las mujeres implica un cambio de palabras, de lenguaje, conductas, valores, ideologías, culturas.

Es decir, implica cambios profundos en las estructuras de pensamiento, para lo cual es fundamental cambiar el lenguaje sexista en un lenguaje no sexista, trastornar el lenguaje excluyente en incluyente.

El lenguaje no sexista niega espacios para las mujeres, es irrespetuoso y no les reconoce cualidad o función alguna: así, que mientras mantengamos su uso, nuestra participación en la sociedad no será plena.

Por esos criterios debemos rechazar el uso del masculino como genérico, incluso en las situaciones donde haya hombres y en las cuales exista o participe sólo una mujer.

Asimismo, debemos rechazar que el criterio de clasificación para referirnos a los hombres sea la edad (joven o señor), mientras a las mujeres se les clasifica (señorita o señora) en función del ejercicio de su sexualidad.

Debemos –en pocas palabras. Transformar nuestro lenguaje cotidiano y también promover cambios, desde la administración pública, en los formatos del registro civil, títulos académicos, pasaportes y otros tipos de identificación, etcétera.

Propuestas:

  1. Rechazar el uso exista del lenguaje en todas sus formas.
  2. Promover en los ámbitos familia, educativo, ideológico, cultural, político y legislativo, así como desde todas las áreas de la administración pública y en los medios de comunicación, el uso no sexista del lenguaje.